Ordenaciones en la catedral

 

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Ordizia, 12 de Julio de 2017

D.Juan Mª Olaechea, Vicario General de la Diócesis de San Sebastián.
D. Unai Manterola, Vicario Episcopal de Liturgia.

Por la presente, quiero comunicaros, las impresiones recibidas y mi consiguiente reflexión en torno a la Misa de Ordenación de Diáconos que se celebró, presidida por el Sr. Obispo,  José Ignacio Munilla, el pasado domingo dos de julio.

Participé de dicha Misa y concelebré en la misma por expresa invitación, como Párroco de Santa María de Ordizia,  de uno de los seminaristas que fueron ordenados en dicha Misa, Juan Pablo Aroztegui Esnaola.
Felicitaros a ambos por el uso generoso y bien expresado del euskara. Tanto en los textos rituales como en los eucarísticos.  Y también en los cantos. (No podría decir lo mismo de la homilía). ¡Gracias por tener en cuenta esta dimensión tan importante en las celebraciones de nuestra diócesis!.

No puedo afirmar la misma y agradable sorpresa por el resto de la celebración. Pues tanto la celebración como el ambiente y contexto alrededor de la misma hicieron que me sintiera un extraño en mi propia diócesis en que la que vengo ejerciendo el ministerio sacerdotal durante 47 años.

Hablemos primero de la propia celebración. Ciertamente se siguió a la letra el ritual de la ordenación diaconal emanada de las reformas litúrgicas que propició el Concilio Vaticano II; sin embargo, el espíritu y las formas, estaban mucho más cerca del barroco postridentino que nos tocó sufrir en nuestros años de seminario. Es verdad que faltaban los guantes con lentejuelas del obispo y la larga capa episcopal, pero el resto, de personajes y gestos alrededor del coro y el altar, los tejidos-capas de los monaguillos para sostener báculo, mitra, etc. lavatorio de manos, y sobre todo “cabezazos” a diestro y siniestro a la persona del obispo, y reiteradas genuflexiones,  me remitieron a tiempos que creía definitivamente cancelados, y que suponen un clasismo y una jerarqueología, que de ninguna manera representan, -en la cultura de hoy-, una memoria de aquello del Evangelio que se repitío en la celebración: No he venido a ser servido sino a servir”. El lenguaje gestual utilizado profusamente a lo largo de la celebración negaba, con cierta rotundidad, el lenguaje hablado. Tampoco me pareció muy adecuada la elección de algunos de los santos de la letanía. (Por otra parte, cantada con gusto y buena voz). Teniendo en cuenta además la retransmisión televisiva, la pregunta que me surge es la siguiente: ¿Al servicio de quién o de quiénes estaba la celebración?. Creo que merece que se piense, por quien corresponda.

Respecto del ambiente y contexto: Un marcado ambiente clerical, -no podía por menos-, pero con la característica de que una mayoría de clérigos, bien etiquetados, no pertenecían a la diócesis, o al menos no eran conocidos como tales, por algunos de los clérigos de la diócesis que participamos en la celebración. ¡Qué extraño presbiterio, el allí reunido, una mayoría de curas que no pertenecían a la diócesis, y un número muy pequeño de curas diocesanos, menor aún si no contamos los que nos encontrábamos allí obligados por nuestra función o representación!. También aquí surgen preguntas, como ¿qué ocurre en el clero diocesano? ¿por qué esta ausencia , a pesar de las repetidas invitaciones, a los actos organizados por las distintas comisiones o instituciones diocesanas?.

Contexto, insisto, representativo  de tiempos anteriores al Vaticano II. Una visibilización de la Iglesia que vive en Gipuzkoa, muy   parecida a una secta constituida alrededor de un maestro al que venerar y ante el que plegarse; una secta cerrada sobre sí misma y cuyos intereses están centrados en su propia expansión. En manera alguna se visibilizó ni se visibiliza una  iglesia anclada en el servicio ministerial de Jesucristo, a los pobres, a los que viven lejos de sus murallas, a los heridos por toda clase de conflictos, abierta a las corrientes culturales del siglo XXI. Una secta eclesial  no puede acoger el amplio pluralismo de las personas y corrientes que pertenecemos  a la iglesia católica que vive en Gipuzkoa y que ignora en su praxis pastoral a aquellos que no pertenecen a la iglesia, y  a quienes, sin embargo, somos enviados por el mismo Señor, a evangelizar. Para lo cual es necesario considerarlos, personas humanas, dignas, adultas y libres, a quienes ofrecemos el Evangelio de Jesucristo, y la promesa de su reino, en sencillez, diálogo y amistad abierta.  Se trata, pues, de caminar hacia una iglesia católica, es decir, universal, y no de reforzar las fronteras de una secta al servicio de determinados intereses personales y colectivos.

Comprendo que es muy difícil el cambio de rumbo que os propongo, pero espero de vosotros, algún esfuerzo en este sentido.

Un saludo.

Ion, apaiza.

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