Sesenta párrocos denuncian la “deriva sectaria” del obispo de Baiona

Deia

Sesenta párrocos denuncian la “deriva sectaria” del obispo de Baiona

Sesenta párrocos redactan una carta en la que lamentan la forma autoritaria en la que Aillet impone las decisiones   Image illustrative de l'article Marc Aillet

DEIA 2016 / 12 / 02

BAIONA – Las aguas están más que revueltas en la diócesis de Baiona, Lescar y Oloron donde sesenta de los 198 párrocos han redactado una carta dirigida a las máximas autoridades eclesiásticas en la que critican la actitud sectaria del obispo Marc Aillet, nombrado en 2008 por el Papa Benedicto XVI. Según publicó ayer el diario Sud Ouest, el colectivo cuenta, además, con el apoyo de otros treinta sacerdotes que, de momento, prefieren no firmar el documento. La misiva refleja el profundo malestar que sienten ante un obispo que, a su juicio, trata de restaurar una Iglesia anterior a la del Concilio Vaticano II. Los firmantes, que se sienten amenazados y temen por su futuro, lamentan la forma autoritaria en la que Aillet impone sus decisiones. Asimismo, critican su cercanía con sectores de extrema derecha y sus declaraciones públicas de apoyo a Putin y Bachar Al Asad.

Los sesenta párrocos critican la construcción de un nuevo seminario en la capital labortana y recuerdan que el anterior acababa de ser renovado. Además de las inversiones innecesarias, tampoco comparten los nombramientos que el obispo está realizando en puestos de responsabilidad reservados a personal laico. En la carta muestran su malestar ante el hecho de que el obispado reclame mayores aportaciones económicas a los fieles para hacer frente al importante gasto que suponen estas nuevas contrataciones.

Los sacerdote críticos con Aillet no han querido hacer declaraciones tras la filtración de esta carta, asegurando que prefieren arreglar el tema directamente en el seno de la Iglesia. Y tampoco hay noticias del obispo Marc Aillet, que se encontraba ayer en Roma. Hace unas semanas ambas partes se reunieron para hablar sobre el profundo desacuerdo que existe en torno a la gestión de la diócesis y ayer el arzobispo de Burdeos explicó que recibirá en breve a portavoces del colectivo para seguir dialogando.

POLÉMICAS Marc Aillet no es ajeno a polémicas de todo tipo, arremete contra todo tipo de leyes, decisiones o personas que no comulgan con su visión de la Iglesia. “El Estado pretende proteger a la ciudadanos contra Daesh e inicia una campaña proaborto condenando a la violencia a inocentes, incomprensible”. Este mensaje, redactado por el obispo de Baiona en Twitter, desató hace unos meses una polémica que llegó hasta la Asamblea Nacional en París, donde la ministra gala de Sanidad denunció la irresponsabilidad que manifiestan personalidades como el obispo labortano, al criticar la campaña gubernamental de comunicación que da a conocer sus derechos a las mujeres.

Hace dos años, en otro episodio muy comentado, trató de apartar de la emisora Lapurdi Irratia al cantante Peio Ospital, que colabora realizando programas en euskara, al considerarle un opositor. El incidente provocó malestar entre los miembros de la comunidad cristiana por lo que poco después el responsable de comunicación de la diócesis calificó lo sucedido de malentendido. Ospital sigue colaborando con la emisora pero ya no participa en las reuniones del Consejo de Administración. Y es que desde su llegada a Baiona en 2008, el mediático obispo se ha visto involucrado en varias polémicas inéditas hasta ahora en Iparralde. – Franck Dolosor

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La razón abortista

Jesús Martínez Gordo

Con motivo de la finalización del año de la misericordia, el papa ha concedido a los sacerdotes “la facultad de absolver a quienes hayan procurado” el aborto; una potestad reservada hasta el presente a los obispos. Y lo ha hecho indicando que, aún sin dejar de ser “un pecadoeskua grave, porque pone fin a una vida humana inocente”, reconoce, a la vez, que “no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido”.
Las reacciones no se han hecho esperar.
Los más rigoristas le han acusado de ser el valedor del relativismo moral que carcome nuestra sociedad, así como del “sometimiento” de la Iglesia al “espíritu del tiempo” y de su adentramiento en una inseguridad moral que no existía, ¡cómo no! en tiempos de Juan Pablo II. Son personas y colectivos que no comparten lo dicho por Francisco el pasado 18 de febrero: el aborto, a diferencia del empleo del preservativo o de la píldora contraconceptiva, “no es un mal menor”. “Es echar fuera a uno para salvar a otro, en el mejor de los casos” o “para vivir cómodamente”. Esto, indicó, es “un problema humano”; “un mal” que debe ser “condenado” por sí mismo. Argumentando de semejante manera, mostraba conocer el debate que, iniciado, en la década de los noventa entre la llamada mentalidad o “razón abortista” y los partidarios del “derecho de nacer”, persiste en nuestros días.
Para los primeros, el aborto es un asunto exclusivo de la mujer. Para los segundos, una decisión sobre la que todos pueden decir una palabra, habida cuenta de que afecta a otro ser humano en situación de indefensión absoluta ante sus derechos no reconocidos. Cuando se justifica “deshacerse” sin contemplaciones del otro, “la razón abortista” se ataca a sí misma como razón humana ya que niega lo humano de la solidaridad, en aras de la afirmación exclusiva de lo humano del egoísmo. Slogans y axiomas tales como “derecho al aborto”, “aborto libre y gratuito”, “nuestro cuerpo nos pertenece” y “nosotras parimos, nosotras decidimos” manifiestan una mentalidad en la que sólo se reconocen los derechos de los que tienen fuerza o voz para defenderlos. Y, de paso, radiografían la situación de los derechos humanos en nuestro mundo. Al feto o “nasciturus”, “que es lo más débil, lo menos aparente y lo más indefenso en el nivel humano, no se le reconoce el derecho de nacer, que es el primer derecho humano” (J. I. González Faus). Por eso, la razón abortista, dejada a su lógica inmanente, significa el triunfo del fuerte sobre el más débil y de ese “individualismo rapaz” que no admira más vida que la propia, que falsifica la libertad y que viola los derechos de los que no tienen fuerza para defenderlos.
Tradicionalmente, semejante comportamiento y negación de los derechos del más débil, ha sido el santo y seña de la mentalidad que suele llamarse “de derechas”. La izquierda, al menos, la llamada “sensibilidad de izquierdas”, laica o católica, ha buscado defender los derechos de los más débiles e indefensos. Es difícilmente cuestionable que cuando la izquierda hace suya tal lógica pragmatista está perdiendo su identidad, si pretende seguir siéndolo de manera coherente. Vistas estas incongruencias, no le queda más remedio que una autocrítica y centrar el discurso no tanto en bendecir la mentalidad o la “razón abortista”, sino en reconocer la existencia de situaciones-límite y conflictos de derechos en los que es imposible aplicar deductivamente las normas morales: solo queda, quizás, aceptar el mal menor, tal y como se constata en los supuestos de peligro para la vida de la madre, malformación del feto y embarazo por violación. Así entendido, el aborto ya no es un derecho, sino un recurso desesperado ante el instinto de supervivencia. En definitiva, la salida, penosa y dramática, que, en nombre de la solidaridad, del respeto y del acompañamiento a quien padece tan fatales situaciones, está por encima de toda imposición extrínseca.
Los grupos “pro vida” han de reconocer que, argumentando y procediendo de esta manera, no se aboga por moralizar el aborto, sino por reconocer que es una situación-límite que, precisamente, por serlo, no puede universalizarse. Finalmente, no estaría de más que, ante la legislación sobre el aborto en los países insolidarios, algunos de estos colectivos, y otros legítimamente preocupados, se plantearan la posibilidad de crear algo así como fundaciones para proteger la vida de aquellos a quienes hoy se niega el derecho a nacer. Y que apostaran por ello sin dejar de seguir trabajando en favor de los derechos de todos los nacidos, habida cuenta que el derecho a la vida, que tan tenazmente defienden, no está referido solo al vientre de las mujeres (y más si son pobres), sino también, y, sobre todo, a los bolsillos y cuentas corrientes de los ricos. Si fueran capaces de proceder así, su denuncia (muchas veces estéril y poco matizada) acabaría teniendo una indudable fuerza moral y una mayor acogida social.