Mujer y atavismos eclesiales

Jesus Martínez Gordo

Catedrático de teología
El papa Francisco la ha vuelto a liar. Y para bien. Es lo que suele pasar cuando te encuentras con una persona que hace más caso al Evangelio que a las llamadas “verdades innegociables” que han presidido los pontificados anteriores (vamos, lo que en política llaman, eufemísticamente, “líneas rojas”).

El pasado 15 de maErrukiaren erromes 4yo, a sugerencia de una de las participantes en la Asamblea trienal de la Unión de Superioras Generales (UISG), acogió la petición de crear una comisión para estudiar la posibilidad de que las mujeres pudieran acceder al ministerio ordenado del diaconado. Al manifestar su voluntad de canalizar tal propuesta, se evidenciaba, una vez más, la “reformabilidad” de no pocas decisiones declaradas “definitivas” a lo largo de la historia de la Iglesia. Y, a la vez, la imposibilidad de seguir defendiendo (e imponiendo) un magisterio (aunque fuera declarado “definitivo”) en contra del sentir de la gran mayoría de los católicos y sobre la base de argumentos poco o escasamente consistentes. Se evidenciaba, igualmente, que en la Iglesia católica tampoco valía “el ordeno y mando”, aunque fuera el del papa, en asuntos en los que no estaban en juego, de manera debidamente argumentada, ni la unidad de la fe ni la comunión eclesial.

Al aceptar esta sugerencia ha sorprendido a propios y extraños.
A propios, en primer lugar, porque en conversación con los periodistas en el avión de regreso a Roma, a finales de julio de 2013 y tras presidir en Río de Janeiro la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, manifestó: “sobre la ordenación de las mujeres la Iglesia ha hablado y ha dicho no. Lo dijo Juan Pablo II con una formulación definitiva. Esa puerta está cerrada”. Era una disposición que ratificó en la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” (noviembre, 2013): “el sacerdocio reservado a los varones (…) es una cuestión que no se pone en discusión”. La decisión estaba tomada y él la asumía sin cuestionarla. Se entiende que estos posicionamientos provocaran en no pocos sectores de la Iglesia un cierto escepticismo sobre su proyecto reformador, Pues bien, este escepticismo es el que se ha comenzado a quebrar, felizmente, estas últimas semanas.

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